Tími  21 klukkustundir 28 mínútur

Hnit 9444

Uploaded 18. maí 2017

Recorded maí 2017

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908 m
416 m
0
26
51
102,22 km

Skoðað 3178sinnum, niðurhalað 64 sinni

nálægt Ronda, Andalucía (España)

Dice Pepe Marcos: Pues bien, en el primer apartado cumplí lo predicho y, cuando hace unos meses pudimos comenzar a optar a volver a senderear esta magna prueba, fui unos de los 22.500 “mediolocos” que ocuparon esta casi interminable lista. En cuanto al segundo apartado, nada menos que desde Lisboa (el 21 de Enero del año en curso), en la red wifi de un Hotel de la capital lusitana, desayunando y con una línea que iba y venía (condiciones ideales como bien veis), a las diez en punto en el relojico gps, le di al “enter” en una…dos…y… ¡hasta tres ocasiones!, y cuando todo hacía indicar que este año el azar informático no me acompañaría, a las 10h. y 22 seg., el reloj, y mi cara, se iluminó y llenó de satisfacción cuando la leyenda de “participante con plaza asignada” apareció en la pantalla. Solo existían dos impedimentos para evitar asistir a la cita rondeña: ausencia de “Magníficos” y presencia de lesiones. La última ( a Dios gracias) la esquivé, mientras que la primera no fue confirmada ya que, a mi lado, Paco Martínez aseguró su participación en la primera tentativa cibernética y, al poco tiempo, supimos que Miguel Ángel (desde Murcia), también corrió la misma suerte. Por tanto, “tres de los siete” estaríamos en la línea de salida de la capital de la Serranía malacitana. Igual que en 2016, varios meses para revisar y planificar lo más “cerebralmente” posible, la travesía. Sin entrar en detalles, solo comentaros que al tener la excelente experiencia previa del año anterior con mi buen y “Magnífico” cuñao José María, planteé (y trasmití posteriormente a Paco y Miguel Ángel) la estrategia por tiempos de paso cada diez kilómetros a intentar realizar. Eso sí, como siempre, la premura en la obtención de hospedaje nos hizo movernos de forma rápida y, aún así, pudimos solo reservar en un hotel rural a cerca de media hora de Ronda. Ni el coqueto Hotel de Setenil de las Bodegas del año anterior ni los hoteles “normales” de la localidad de la prueba, tenían plazas, ya, a esas alturas. Con ello, evitábamos coger el coche y el peligro que eso podía conllevar tras la travesía. Febrero, Marzo, Abril, primeros de Mayo, con casi una única preocupación que me rondaba de forma neurótica (cada uno es como es)…!que no lloviera y menos de forma torrencial!. La desafiante, extenuante y peligrosa experiencia con el barro vivida en la anterior edición seguía muy, muy presente en mi cabecica. Y llegó el viernes 12 de Marzo: Paco al volante (gracias), Miguel Ángel y el que suscribe nos fuimos acercando, horica a horica y kilómetro a kilómetro, a nuestro destino senderista malagueño. Intentamos parar a comer en la más que famosa “Venta Quemada” (fue imposible), y, al final, la Venta del Peral sirvió de avituallamiento. Los kilómetros fueron pasando de forma agradable y jovial y, al entrar a Ronda, decidimos recoger el dorsal, la camiseta y la bolsa del corredor en el “Polideportivo Municipal el Fuerte”. Gran ambiente en el mismo y muy organizado el acceso a la citada recolección. Al salir del mismo hizo acto de presencia la lluvia en forma de un chisporroteo que no inquietó lo suficiente a mi desmedida (y a veces demasiado trasmitida) ansiedad. Había (habiamos) revisado las predicciones de forma diaria, y sabíamos que el día siguiente, el agua caería de forma muy escasa o estaría ausente a lo largo de nuestro discurrir en la prueba. Tras llevar con nosotros la identificación que nos permitiría iniciar los 101 Kms, fuimos a nuestro “pisito de alquiler”. Paco, su dueño, de forma educada y extensa, nos lo “presentó”. Quedamos instalados y, siendo previsores, preparamos nuestras mochilas (inseparables amigas) y salimos a dar una vueltecica por la ciudad. Una Alhambra 1925 (la verde vamos) fue nuestra primera aliada a los pocos hectómetros andados y, tras ella, fuimos por la céntrica Carrera Espinel hacia la Alameda del Tajo, sede del “meollo organizativo” de la Legión, lugar de finalización de la Meta y asiento de “campaña” donde se ofrecía la Cena de la Pasta. Tocaba recogerse. Tocaba regresar al piso e intentar descansar. Y llegó el día: sábado 13. La gran cita. El momento de enfrentarnos a un gran desafío; el momento de intentar ser capaces de hacer, en mi caso de nuevo, 100 y un kilómetros. Algo antes de las diez menos cuarto nos “sumergimos” en el barullo del Campo de fútbol de Ronda; nos introducimos en su poblado césped; pateamos su, cada vez más concurrido, rectángulo. A las diez se dio la salida a los ciclistas: más de 3500 personas y máquinas fueron saliendo de forma lenta y organizada desde el perímetro del campo. Tras al menos veinte minutos solo quedamos los marchadores. Solo quedamos los que usaríamos como fuerza de propulsión camino de nuestra particular gloria nuestros cuerpos, nuestro corazón y nuestros bastones. Un simpar y colorida diversidad de “especímenes” unidos por un adrenalínico fin: ser CIENTUNEROS. Objetivos diferentes, pensamientos a veces divergentes, estrategias variadas, motivaciones dispares, en soledad ó en compañía, pero todos con un común fin: TERMINAR. Se iba acercando la hora, las once estaban llegando, las arengas desde las atestadas gradas seguían prodigándose. Tomó la palabra el Coronel del Tercio “Alejandro Farnesio” IV de la Legión y, tras sus estimulantes palabras y tras la exclamación (creo que por casi todos correspondida) de ¡Viva España!, ¡Viva el Rey! y ¡Viva la Legión!, el cohete de salida fue el detonante para comenzar la prueba. Allí estábamos cerca de 3.500 marchadores; y allí, tres “Magníficos” volvían a comenzar la gran prueba: Miguel Ángel, Paco y yo mismo dispuestos a gozar y sufrir; dispuestos a reir y, quien sabe, si a llorar; dispuestos, sí ó sí, a finalizar el día siguiente. Tras la salida del estadio, el lleno a reventar por las principales y céntricas calles rondeñas fue, al igual que el año anterior, la tónica predominante. Estábamos en la XX Edición, y la gente de este precioso pueblo estaba con su prueba y con sus participantes. Animan y miman, se vuelcan con ella y con nosotros. No es su obligación pero, sin duda, es su devoción. El paso por la plaza de toros fue singular y, la salida a través del Puente Nuevo, la adoquinada cuesta de Santo Domingo y el Arco de Felipe V aportaron un agradable y añejo sabor al comienzo del kilometraje. Salimos poco a poco del pueblo, llegando a zonas donde el año pasado los caminos estaban, por tramos, muy embarrados; en esta edición el andar fue menos complejo y discurrió sin sobresaltos; discurrió sin prisas pero sin pausas; discurrió con un devenir relajado; las perspectivas, en ese momento, eran halagüeñas. Como comenté al principio, llevaba estudiados e impresos los tiempos de paso realizados cada miriámetro (esta palabreja le gusta mucho a Paco) en la anterior edición y en la zona del Pilar de Coca, aproximadamente, se cumplieron los primeros diez kilómetros: tiempo muy similar. Entramos en la Zona de las Navetas y en el Circuito de Ascari. Nuestra ida se cruzaba con la vuelta de muchos corredores que ya habían completado unos cuantos kilómetros más que nosotros; ese cruce, amable, significaba el continuo estímulo en forma de gritos de aliento entre todos los participantes. Momento singular de la edición de este año: los últimos kilómetros apareció la lluvia y, aunque no fue especialmente intensa, obligó a la puesta del chubasquero, eso sí, no más de media horica. El avituallamiento de la zona final de Navetas fue un buen estímulo: la coca cola, el sándwich y el donuts “revivieron” nuestros cuerpos y nos dieron fuerza para afrontar el tramo largo y algo tedioso paralelo a la vía del tren camino de la Estación de Parchite. Tras esta zona, comenzamos el acceso progresivo y en descenso hacia el primer pueblo en el discurrir de la travesía: Arriate. Las rodillas, llegando a los treinta kilómetros, comenzaban a resentirse y, el desnivel negativo por carretera obligaba a deambular con tiento al objeto de sobrecargarlas lo menos posible. El paso por la mencionada localidad fue algo complejo ya que, este año, la circulación por las céntricas calles y travesía principal no estaba cortada, lo que provocó colapso e indignación por parte de algunos conductores y, aunque fue una situación comprensible también fue, desgraciadamente, inevitable. Tras la salida “jaleada” por los animosos lugareños, llegaba el primer punto “caliente”: la “Cuesta de los Cochinos”. Un largo ascenso de casi cinco kilómetros con un desnivel uniforme y aceptable que permitió la bonita contemplación tanto del pueblo que abandonamos como de toda la zona de valle que lo rodeaba.Tras atravesar un muy bonito y frondoso altiplano accedimos al Cortijo del Polear, convertido en una zona de alta densidad de participantes, descanso para algunos y buen avituallamiento para todos. Íbamos por el treinta y seis, seguíamos en buen tiempo y las sensaciones nos acompañaban positivamente. Desde aquí hasta la segunda localidad a atravesar, Alcalá del Valle, nuestro tránsito fue constante pero relajado, estábamos en continuo y lento descenso llegando a las últimas horas de luz solar. Los bonitos campos de cereales y la multicolor floración se fue abriendo paso hacia el cementado y recio descenso “romperodillas” hacia la singular localidad, donde la técnica del andar zigzagueante o de espaldas intentaba proteger las, ya, cargadas articulaciones. Kilómetro cincuenta, casi la mitad de la prueba, estupendo avituallamiento en donde el chocolate me supo a gloria antes de la corta, inclinadísima y cementada salida, otra vez, a zona abierta. Estábamos entrando en la hora de la verdad, y nuestros pasos se dirigieron hacia un lugar estratégico a la par que precioso y enigmático: la más que bonita localidad gaditana de Setenil de las Bodegas. Si no la conocéis, intentad ir a visitarla lo antes posible; estoy seguro no os defraudará. El jaleado, animadísimo y excitante paso por sus calles “techadas” por la roca, constituyeron – constituyen – un símbolo en la prueba. Tras ella, accedimos después de aproximadamente un kilómetro a la zona del Polideportivo que sirvió – sirve – de sitio de avituallamiento, descanso, retoque podológico para el que lo requiriera y de cambio de mochila para el que así optara. En nuestro caso, abundante hidratación y comida fría, cambio de calcetines (todavía en mi caso sin ampollas), protección contra la bajada térmica que iba provocando la entrada en la noche y aplicación de frontal y luz roja trasera intermitente de “posición”. Como anécdota os comentaré que al bueno de Paco, solo se le ocurrió que nos instalaramos para realizar todas estas “manualidades” en la tercer escalón cementado de la grada de la pista polideportivo: excuso deciros con que trabajo articular acompañado de rigidez bajamos al “llano”. Era evidente que la acumulación de kilómetros se iba notando. Tras Setenil empezaba el verdadero desafío ya que, aunque no es tema baladí el patear cincuenta y seis kilómetros de un tirón, mucho menos es el tener que realizar los cincuenta restantes prácticamente en su totalidad de noche y con las dos terceras partes del desnivel positivo de la prueba por realizar. El total reto comenzaba. El cuerpo tenía que responder, pero la mente tenía que demostrar suficiente fuerza para aguantar el duro resto de la prueba. El “chip” físico y cerebral debía ser sustituido y restituido. Comenzaba el espectáculo y comenzaban los cambios de sensaciones. Recordaba la noche, en continuo ascenso desde la localidad de la que acabábamos de salir hasta la zona de Chinchilla como más de diez kilómetros de instrospectiva soledad, solo acompañada de mi excelente cuñao, del soniquete (a veces no escuchado) de la radio que portaba, y de las continuas luces de frontales y de posición de los senderistas cercanos a nosotros. No tuve, en ningún momento, sensación de sufrimiento y solo deceleraba – decelerábamos – nuestro ritmo cuando teníamos que esquivar (yo a veces sin conseguirlo) las contínuas zonas de barro y charcos que nos íbamos encontrando. Este año esa sensación viró: notaba la cuesta y, aunque seguíamos manteniendo el ritmo de forma adecuada, la inclinación que el perfil trazaba, se pegaba de forma cuasi inmisericorde. En ese momento supe que la prudencia y la cabeza, más que nunca, debían prevalecer; teníamos que llegar, nunca desfallecer, no controlar y obligar a una no esperada retirada. Fuimos llegando, con las sensaciones relatadas, a la zona alta; desde aquí, comenzamos la kilometrada de desnivel negativo más extenuante de toda la prueba: la vertical bajada, ora por terreno pedregoso, ora por cemento, hacia la Fuente de la Higuera y posteriormente hacia el Acuartelamiento de la Legión. Con mucha prudencia, clavando las piernas, caminando a ritmico pero muy despacio, intentando – de todas, todas – minimizar la dura sobrecarga de las rodillas ó el resbalón inopinado, Paco y yo (Miguel Ángel se nos había vuelto a adelantar) fuimos llegando a zona previa al Cuartel Militar. El trío de andarines nos volvimos a unir y, tras cruzar la vía del tren, entramos en la sede del Tercio de la Legión organizador de la prueba. Una vueltecica cuasi kilométrica por su “intraperímetro” nos llevó hacia la zona del comedor, eso sí, antes de entrar en él, un miniavituallamiento previo repleto de animosos soldados legionarios, nos ofreció agua, isotónica y algo de fruta que, al igual que el año pasado, no despreciamos. Y entramos el mentado comedor. Allí nos esperaba una pequeña decepción: este año no tuvimos ni el estupendo vaso grande de calórico y “zancarroniano” caldo ni, ¡copón!, tampoco cerveza. ¡Con la vara que le había dado a Paco y a Miguel Ángel! de lo bien que te venían ambos dos líquidos!. En fin. No obstante, tampoco hay motivo para la queja, ya que unas estupendas bolsas preparadas nos ofrecieron una nutritiva comida caliente a base de ensalada de arroz, salchicha Frankfurt (con su mayonesa y mostaza), bolsa de patatas fritas y un soberbio donuts de chocolate, optando en la bebida por cola , fanta ó agua. Tras ingerir de forma profusa y razonablemente rápida las estupendas y necesarias viandas, procedimos a explorar los posibles “desarreglos podológicos” y, aunque mis compañeros de viaje permanecían íntegros, mis sospechas se confirmaron al desnudar mis pies ya que, a más de alguna rozadura leve y sin importancia, hizo acto de aparición mi ya casi tradicional superampolla en el dedo pequeño del pie izquierdo. Como no podía ser de otra forma, dado mi grado alto de rigidez y torpeza, el bueno de Paco me aplicó el correspondiente apósito (la vaselina me la di yo, eso sí), mientras que Miguel Ángel (con unas ganas loquicas de volver a andar) me puso con esmero los calcetines. Comprenderéis que tengo que quererlos. La media horica de descanso planteada terminó y retomamos nuestro camino. Seguíamos, aunque con peores sensaciones físicas por mi parte en relación a la anterior edición, aproximadamente en el tiempo planteado. Setenta y seis kilómetros dejados atrás, veintinco por hacer y, todavía, mucha noche por delante. Dicen que el que sale del Cuartel llega a Ronda; dicen que el que es capaz de llegar al Acuartelamiento y no dirige sus pasos a los autobuses de “retorno” finaliza la prueba. La teórica “leyenda urbana” no siempre se ratifica de forma absoluta con la realidad: tanto en 2016 como en esta edición he visto personas exhaustas que no han sido capaces de ser finisher; no obstante, tenía – teníamos – la convicción que eso, con nosotros, no sucedería. Quedaba una muy dura cuarta parte final de la prueba, restaba echar lo que en la “batería corporal” iba quedando, nos disponíamos a utilizar muy “cerebralmente” nuestras piernas y nuestra experiencia para ponerlas al servicio final de terminar. Estábamos ante la parte final y más dura del reto. Salimos, pues, de la zona militar y, tras un paciente y sosegado sendereo de transición, llegamos al muro de la prueba; entrábamos en el kilómetro ochenta en la famosa Cuesta de la Ermita (de la Virgen de la Escarihuela en Montejaque), entrábamos en una zona de desafío total, comenzábamos una preciosa subida montañera de cerca de tres kilómetros. Sabedores de la dureza de la misma, Paco y yo regulamos nuestro ritmo y, con paciencia, constancia y una buena dosis de corazón y cerebro, fuimos subiendo los doscientos metros de desnivel hasta llegar a la zona de transición que, conocedor del terreno, sabía nos llevaría al comienzo de la bajada hasta el cementerio de la localidad anteriormente mencionada. Miguel Ángel, que se nos había vuelto a “despegar” nos espero antes de la misma y, juntos los tres, descendimos por el zigzagueante y peligroso camino, irregular y “macropedregoso”. Con paso firme y fijándonos muy bien el terreno que pisábamos, llegamos a la zona del cementerio, donde, además de observar el botellón que la juventud allí reunida había establecido, disponía de un buen avituallamiento que ofrecía el primer café con leche de la noche. El año pasado me supo a gloria, este año no fue menos. Zona rápida de tránsito y salida hacia la carretera local malagueña camino de Benaoján. Todo en bajada por asfalto; descenso aburrido por la zona izquierda de la misma; tránsito y “descanso” de montaña donde, regulando, decidí ir algo más lento que Paco y Miguel Ángel, tomando una decisión positiva de cara a los kilómetros (poco más de quince) restantes. He sido contrario a la utilización de la ayuda con los dos bastones y así, habitualmente, me apoyo en uno, el izquierdo, que es mi lado dominante. Como andaba bastante cansado y con sensaciones más que irregulares, decidí andar con la ayuda de los dos; lo había intentado muchas veces a mi largo de mi discurrir senderista con torpeza y escaso rendimiento. Sin embargo, en plena parte final de la prueba, ¡fijaos por donde! , comencé a emplear la técnica del “apoyo alternante izquierda – derecha” y, en contra de lo esperado…!me empezó a salir bien!. Varios kilómetros después, y observando a mis “magníficos” cien metricos antes de mi, llegamos a Benaoján; allí otro estupendo avituallamiento volvió a incluir el café con leche. Otra paradica rápica y fuimos caminando hacia nuestro antepenúltimo desnivel importante. Así, tras bajar por terreno empinaditoco hacia el rio Guadiaro,y tras vadearlo, comenzamos a subir; comenzamos a retomar la subida bonita hacia el monte que, el año pasado, constituyó el gran quebradero y el momento de mayor exposición física: la zona del barro. La primera zona de senda estrecha la realizamos en fila de a uno varias decenas de participantes que coincidimos en tiempo en ella; posteriormente entramos en zona más ancha y por tramos más empinada que nos dejó observar la complejidad de su base con un pedregal superirregular y más que técnico. Miguel Ángel, de nuevo y con la anuencia tácita de Paco y mía, había vuelto a adelantarse. Con muchísima prudencia, tranquilidad, paso firme, lento y corto (ya que además el frontal de mi compañero volvía a fallar) encumbramos. Nos disponíamos a comprobar el estado del descenso, nos disponíamos a observar, ¡gracias a Dios!, que el barro era muy escaso y, aunque el Sr. Martínez se llevó un par de susticos en forma de resbalón no esperado, llegamos al final del mismo sanos y salvos. Nuestro rumbo cambió y, tras un “remonte” de unos cuantos hectómetros, llegamos al Cortijo de la Manía, donde otro café con leche (y Miguel Ángel que llevaba allí casi media hora) nos esperaban. Quedaban unos nueve kilómetros para la gloria, quedaba menos de una decena para terminar, estaba de noche y seguíamos necesitando frontal, estábamos cansados (muy cansados) pero la convicción de que seríamos cientouneros era clara y rotunda en nuestra cabeza. Con mucha (todavía más) tranquilidad, seguimos nuestra progresión ahora por terreno descendente en ocasiones pedregroso y, tras pasar rambla, comenzamos el ascenso hacia la penúltima dificultad, encaminamos nuestro discurrir hacia el Puerto de la Muela. Comenzaba a amanecer. Caras de cansancio a nuestro alrededor; cuerpos cuasi derrotados por doquier; pero, por encima de todo, marchadores que sabían – sabíamos - , que esto llegaba, con bien, a su fin. Poco antes de encumbrar el mencionado puerto, una animosa, guapa y simpática legionaria trasmitía frases y gritos de buena arenga: ¡ya estáis allí!...!enhorabuena!...!lo habéis conseguido!. Nunca, nunca, este bonito detalle de parte de esta guapa mujer será olvidado. Estábamos arriba, último avituallamiento, últimos vasos de agua e isotónica y la última parte por recorrer. Bajando por buen terreno, estábamos llegando a Ronda. La intensa niebla, a primeras horas de la mañana, no dejaba vislumbrar de forma clara la ciudad; no dejaba trasmitir la extasiante visión de las verticales paredes de Ronda y su Tajo, pero daba “casi” igual: el objetivo estaba a punto de ser conseguido. Pero claro, faltaba el toquecico final, faltaba, la muy bien denominada, Cuesta del Cachondeo, faltaba el desnivelado camino adoquinado, faltaba el último tramo empinaico de unos dos kilómetros que nos arrastraba, que nos dejaba a las puertas de la ciudad que habíamos abandonado veintiuna horas antes. Muy tranquilos, sufriendo y disfrutando a la vez, y con la obligada parada en el Mirador con las fotos y el selfie de rigor con el Tajo, fuimos recibiendo con los últimos cientos de pasos las palabras de aliento y enhorabuena que los rondeños, antes de entrar en su ciudad, nos iban brindando. Entramos en ella, y esos ánimos, esas exultantes palabras y esos, en ocasiones gritos, fueron aumentando en frecuencia. Las palmas comenzaron a hacer acto de presencia antes de llegar al Puente Nuevo, aumentaron en la Plaza de España y se magnificaron en la calle Virgen de la Paz. Uno a uno fuimos agradeciendo con nuestras palabras y nuestros gestos a las personas que nos trasmitían su cariño. Era el momento final. La segunda locura llegaba a su fin. Giramos hacia la Alameda del Tajo y hacia el hectómetro final. Veíamos el Arco de Meta cerca de nosotros. Y claro, podíamos haberlo hecho tranquilamente andandico pero, en contra de mi voluntad (lo reconozco), Miguel Ángel y Paco forzaron un trotecico con el que, después de 21 horas y 22 minutos terminamos nuestra magna y esforzada travesía. ¡Lo habíamos conseguido!, ¡éramos cientouneros!. El triunvirato formado por cabeza - corazón – cocos facilitó el que pisáramos la linea de Meta en tiempo, permitiendo acabar de forma digna, aunque muy, muy, cansada (Miguel Ángel no, mi primo es una bestia parda) los “101 Kms. de la Legión de Ronda”. La enhorabuena y puesta del “ladrillo” por legionarios y la entrega de la bonita sudadera redondeó un más que digno y precioso “fin de carrera”. Tras ello, nos fundimos en un abrazo de amistad y, seguro, de forma colectiva ( y también individual), reflexionamos y hablamos sobre la épica proeza realizada. Secundario es ya que nos quedáramos a desayunar – cenar rancho allí. Secundario es que volviéramos andando a nuestro pisico a descansar tras un kilómetro y medio extra; secundario es que la rigidez se apoderara de nosotros a lo largo de las horas; secundario es que saliéramos a cenar y a la mañana siguiente a visitar (de día pleno) Ronda, la zona de la bajada de la Ermita y el precioso Setenil; y , por último, secundario es que nos volviéramos a quedar delante de quinientos marchadores así como otros quinientos retirados. Lo primario, lo primordial es que tres personas “Magníficas”, tres seres humanos diferentes en muchos aspectos, pero unidos por una misma ilusión, fuimos capaces de trazar y realizar un común objetivo: “SER CIENTUNEROS”. No podría terminar sin expresar sinceros agradecimientos. En primer lugar a Pilar, por todo; en segundo lugar a mi familia (tanto senderista como de sangre – que se mezclan realmente -), en tercer lugar a mi equipo del correr, “Mi Meta, 42K” (siempre animosamente apoyando), y por último (y primero a la vez) a mis seres de luz; a aquellos que están en aquel “ultrasitio” y por los que soy y estoy aquí.
Saluda
Plaza toros
Puente Ronda
Bodega Conrad
Cordel Camino de los Pescadores
Puente ferrocarril
Puente a Navetas
Las Navetas
Cooperativa Arriate
Arriate
Iglesia
Puente 1 de Mayo
Cuesta de los cochinos
Derecha
Alcala Del Valle
Setenil al fondo
Km 65
Cuartel militar legión
Montejaque
Puerto de la Muela
Gaza del Batan
Cuesta del Cachondeo
Puente Nuevo Ronda

15 comments

  • mynd af pepemur

    pepemur 19.5.2017

    I have followed this trail  View more

    Espectacular y sufridísima travesía. Merece la pena hacerla, aunque sea una vez

  • mynd af Miguel Angel Egea Marcos

    Miguel Angel Egea Marcos 19.5.2017

    I have followed this trail  View more

    Simplemente espectacular.

  • mynd af Miguel Angel Egea Marcos

    Miguel Angel Egea Marcos 19.5.2017

    Espectacular!! me divertí mucho https://es.wikiloc.com/rutas-outdoor/101-km-de-la-legion-ronda-2017-17809556#wp-17809588/photo-11240126

  • semarez 27.1.2018

    También Muy dura

  • guchilon 11.2.2018

    Enhorabuena por el relato, y por haber realizado los 101. Te pongo cinco estrellas porque no hay diez, sino te las pondria. Un abrazo

  • mynd af pepemur

    pepemur 21.11.2018

    Muchas gracias guchilón. El relato intentó ser un fiel reflejo “pasional” de una extraordinaria y exigentísima travesía. Saludos.

  • Midelalcon 14.1.2019

    Genial relato

  • mynd af pepemur

    pepemur 14.1.2019

    Muchas gracias Midelalcon. Las grandes experiencias como ésta merecen ser trasmitidas lo más sincer y "cardíacamente" posible. Saludos.

  • mynd af Paco Maleno

    Paco Maleno 14.1.2019

    Muy agradecido por tus explicaciones, si dios quieres espero contarlo tb este año. Un saludo.

  • mynd af pepemur

    pepemur 15.1.2019

    Gracias a ti. Espero disfrutes de una buena travesía. Merece mucho la pena.

  • Midelalcon 15.1.2019

    Este año x fin cogí dorsal 🙏🏽🙏🏽🙏🏽

  • mynd af Ramarvid

    Ramarvid 16.1.2019

    Me alegro por ese reto y un gran relato vivido paso por paso enhorabuena

  • mynd af pepemur

    pepemur 18.1.2019

    Gracias Ramarvid. Esa era la intención. Saludos.

  • mynd af Zolepons

    Zolepons 14.3.2019

    Enhorabuena!!

  • mynd af pepemur

    pepemur 14.3.2019

    Muchas gracias Zolepons.

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